viernes, 21 de abril de 2017

La paciencia todo lo alcanza


"Small River", Ansel Adams
 Hago honor a la querenciosa frase de Santa Teresa de Jesús que da título a este escrito. No os voy a mostrar fotos de capturas, ni os enseñaré perdigones tuneados, ni siquiera os hablaré de tal y cual río. Sólo os dedicaré un minuto de mis emociones. Y es que este año he decidido esperar hasta Mayo para empezar a mostrar mi látigo a las pintonas peninsulares. Sin prisa pero sin pausa. Quiero pescar eclosiones variadas, tener presente los fuertes contrastes de la primavera con sus amapolas en flor sobre campos de lilas, embriagarme con los olores de la malvarrosa, tentar truchas resabiadas, ver coloridos atardeceres o aprovechar los morados fríos del amanecer.


    Sin embargo, aunque toda mi vida se centra en el color y su paleta de mezclas, mi inspiración durante todo el año, cuando escribo, medito o monto cañas de bambú en mi rincón favorito, es una imagen en B&W de Ansel Adams que me retrotrae a mis días  de pesca en el río. Es una foto de un río secreto, oculto y emotivo,  donde cada rasgo y figura os puede recordar a miles de arroyos inaccesibles de nuestra hermosa piel de toro. Cada milímetro me recuerda a un rincón de mi memoria, y la envidia constructiva de no poder estar allí, me facilita retrasar el día de la apertura a meses más gloriosos. De nuevo, llevo la  «paciencia» al límite. 


     Hoy en día, la simplicidad visual y el patetismo de la fotografía en blanco y negro parecen más potentes que nunca. Es algo que pocas veces veremos en el ámbito de la pesca, aunque considere que perdemos un mundo superlativo ya  que la falta de color  siempre tendrá la  capacidad de eliminar lo innecesario y concentrar el mensaje que queremos transmitir  mediante la forma, la sombra y la luz. Eso es lo que le confiere su fuerza inherente y su poder de comunicación. Eso es lo que me transmitió esa foto hace 15 años en el Ansel Adams Museum de Yosemite, y eso es lo que me animó a colgarla de la pared de mi  habitación verde, a mi regreso de aquel largo viaje. Cuanto más la admiro,  más me complace pensar una y otra vez, que cualquier temporada de pesca por venir, siempre será mejor que la pasada.


     Los que me conocen, ya saben que para mí, el acto de pescar a mosca no es sólo coger un pez, sino capturarlo con estilo. Lo mismo me ocurre con las imágenes captadas en mi retina y almacenadas en lo más profundo de mi cerebro, temporada tras temporada. Guardo matices, contrastes y contornos…quizá por ello espero con «paciencia» la llegada de los mejores momentos del río: el entretiempo antes del verano, y el estío antes del otoño. Como diría el genial Walt Whitman, me siento como un niño que espera lanzarse a la aventura, circunstancia en la que se ha convertido la pesca a mosca desde hace muchos años. Y es que la paciencia todo lo alcanza.

«Érase un niño que se lanzaba a la aventura todos los días,
Y en el primer objeto que miraba y aceptaba con asombro, piedad, amor o temor, en ese objeto se convertía, Y ese objeto se hacía parte de él durante el día o una parte del día
... o durante muchos años o largos ciclos de años. 
Las primeras lilas se hacían parte de este niño, Y la hierba y el dondiego de día, blanco y rojo y el trébol, blanco y rojo, y el canto del febe, [...] 
Y los brotes de abril y de mayo se hacían parte suya... los retoños del grano en invierno, los del maíz amarillento y las raíces comestibles del huerto, [...] 
Sus mismos padres, el que había impulsado la sustancia paterna durante la noche y lo había engendrado, y la que lo concibió en su útero y le dio a luz... ellos dieron a este niño más que eso, Le dieron después cada uno de sus días... se hicieron parte suya. 
La madre en casa poniendo plácidamente los platos en la mesa para la cena, La madre de palabras dulces... el gorro y el camisón limpios... su persona y ropas exhalando un olor sano cuando pasa; 
El padre fuerte, seguro, viril, mezquino, colérico, injusto, El bofetón, la palabra rápida y violenta, el pacto estricto, la persuasión astuta, El trato familiar, el lenguaje, la compañía, los muebles... el corazón anhelante y henchido, El afecto ómo extraños,
Si lo que parece ser así es así... o si no son más que destellos y manchas.
[...] 
El filo del horizonte, el cuervo marino en vuelo, la fragancia de la marisma y el cieno de la playa, 
Todas estas cosas se hicieron parte de aquel niño que se lanzaba a la aventura todos los días y que se lanza ahora y se lanzará a la aventura cada día,
Y todas esas cosas se hacen parte de aquel o de aquella que ahora las lee atentamente.»

Érase un niño que se lanzaba a la aventura, del libro Hojas de hierba, uno de mis poetas favoritos de Walt Whitman

Walt Whitman


domingo, 6 de noviembre de 2016

Mi primer Bambú: una Winston 7´6", línea 4.


Acabo de terminar de leer las "Cartas de Lew Stoner". Con seguridad, a pocos  les sonará este nombre. Pero si hubiera dicho, "acabo de leer las cartas de uno de los fundadores de Winston Rods...",  claro, esas  hubieran sido palabras mayores.   Mi afán por descubrir nuevas técnicas, usos y costumbres, y sobre todo, mi deseo de profundizar en la cabeza de estos clásicos, me lleva a leer todo lo que cae en mi manos o que me aconsejan allende de nuestras fronteras. En este caso, allende los mares. Junto a estos libros, como un ritual, siempre me acompaña mi primera caña de bambú: una Winston 7´6", línea 4, de tres tramos. 


La liturgia siempre es la misma. Abro el tubo, admiro sus esencias, y durante la lectura utilizo el tramo inferior como batuta de inspiración y fantasía. Unas veces me transporta a los ríos mágicos del Pirineo. Otras me eleva sobre los anchos tramos  de los ríos leoneses. Y la mayor parte del tiempo, me acerca o a los Apeninos italianos, o a los "spring creek" franceses, o a los inexplorados arroyos de Nueva Zelanda. Quizá por la celebración de mi 15th aniversario como pescador con caña de bambú, o  por el afán de encontrar algo nuevo, un detalle que me haga ser un mejor artesano y pescador de este tipo de cañas, he leído y releído a Vincent Marinaro, a E.W. Edwards, a Howell, a Everett Garrisson, a H.B. Carmichael, y ahora, a Lew Stoner. Unos clásicos de la pesca con bambú.

 

En 1999, visité Twin Bridges, Montana, y me acerqué al edificio de Winston Rods, con el objetivo de conocer a Mr. Winston. Había pescado  sus cañas durante 8 años, y deseaba fervientemente conocerle, hablarle de España y de sus ríos, además de darle la enhorabuena por esas IM6 verde esmeralda que tantas alegrías me daban en mis largas jornadas de pesca. Aprovechando un viaje profesional a Houston, me regalé unos días de vacaciones para dar el salto al estado-paraíso de la pesca de la trucha en USA. Una vez allí alquilé un coche y me presenté a las puertas de su fábrica. La visita VIP fue gestionada por Glenn Brackett, entonces alguien desconocido para mi. En aquellos años, además de ser co-director de la compañía junto a Tom Morgan , Glenn también era el responsable de hacer todas las cañas de bambú de Winston Rods, y uno de los mejores montadores con bambú de todos los tiempos.


 A lo largo de la visita, seguí sus explicaciones pausadas y precisas sobre los diferentes pasos en la fabricación de una caña de grafito. Pero no fue hasta el final, cuando me introdujo en su personal taller artesanal de dónde salía las tan codiciadas cañas de bambú Tonkin de Winston. Entre restos de este material, polvo de corcho y piezas de  madera,  me introdujo en los misterios de una técnica centenaria totalmente nueva para mí, y que me haría cambiar la perspectiva de lo que representaba las ideas preconcebidas de la pesca a mosca. Me entregó sus secretos y me deleitó con sus esencias: "no importa tanto el tamaño o la cantidad de lo que pesques, sino el cómo lo pesques", era su mantra. Salí de allí impregnado de ese olor a barniz que todo lo envuelve, y soñando con tener una pieza realizada por sus manos. Tras lanzar varios modelos de prueba que tenían en el almacén, compré una "reserva" de caña (sí, reserva de caña porque no estaba hecha y me debía incorporar a una lista de espera de más de un año) para una de 7´6", línea 4, apta para los ríos que solía pescar más veces en España, sobre todo para mosca seca. Era y es una caña bastante ligera para los cánones que nos tiene acostumbrado el bambú. Lanza tanto una DT 4 como una DT3 o una WF5. Te hace sentir en profundidad las cabriolas de las pequeñas farios de Pirineos, y a la vez es capaz de sujetar y controlar una vieja pintona del Tormes, capturada en un hilo del 0,10. En definitiva, un deseo de coleccionistas.


Durante el 2016 se ha cumplido el aniversarios de esta, mi primera caña de bambú, hecha por un maestro como Glenn Brackett y concebida durante una maravillosa visita a Twin Bridges, Montana. Que dure una eternidad.


P,D.: He dejado para el final la aclaración siguiente. NO EXISTE NINGÚN Mr. WINSTON. El nombre de la empresa se debe a la unión de las iniciales de los dos socios fundadores y primeros dueños de la compañía: Robert WINther y Lew STONer.  Por supuesto, fui corregido por mi amigo Glenn Bracket durante aquella visita de 1999.



martes, 4 de octubre de 2016

«Revival»

“«Revival» significa resurrección y revalorización de estilos y modas de otra época. A continuación pretendo recuperar la memoria de unas cañas de grafito clásicas, que a mi parecer, no han sido superadas todavía en acción de pesca”


     Todos conocéis mi afición por las cañas de bambú, esos instrumentos artesanales de mosca que rezuman savia de experiencia y sabiduría, y que nos retrotrae al placer de la pesca siglos atrás, cuando todo parecía menos complicado. Son instrumentos denominados clásicos por su antigüedad, o según los tecnólogos «mosqueros» actuales, por el tipo de material utilizado: una fibra de hierba asiática, de crecimiento lento, fabricación manual y algo desfasada para los cánones actuales. Lo que no todo el mundo sabe, es que tengo el corazón  «partío», como cantaba Alejandro Sanz. Y que mi segunda amor es estas voluptuosidades de la pesca a mosca, debido a mi amada querencia por lo práctico, son unas cañas de grafito “vintage” de mitad de los 90, olvidadas en los garajes o altillos por unos, y totalmente desconocidas por otros, sobre todo por los más nuevos en estos menesteres: me refiero a las míticas cañas Winston IM6 y a las Sage LL. No pretendo hacer publicidad de unas marcas, sólo recuperar un poco de un pasado cercano que me ha influenciado, para bien o para mal, en cómo pesco y en mis preferencias actuales. Deseo que no caigan en el olvido, y que se las de una nueva oportunidad.


    Admito que soy parcial y que tengo una diferente idea sobre las cañas de lo que comúnmente se dice. Muchos expertos pescadores y revistas del sector estarían muy en desacuerdo conmigo, pero entre una mayoría de los que respeto y admiro,  creo que estamos  bastante alineados. ¿Qué importante es una caña para tener éxito en nuestras jornadas de pesca? Todo o nada, según se mire. Hace años, pescando el Alto Tajo, me ocurrió una anécdota al respecto. Coincidí en Molina de Aragón con otro pescador de mosca madrileño que quería tentar un conocido tramo libre-sin muerte cercano a Póveda de la Sierra.  Nos animamos a pescar juntos, uno al lado del otro, para recrearnos en las posturas y en los lances que nos deparaba el río. El susodicho llevaba una caña de grafito de última generación, estrella de los catálogos y revistas en aquel momento. Las truchas estuvieron muy activas por la mañana pero no consiguió sacar ningún pez. Me preguntó lo que estaba haciendo mal, y yo le dije, «es tu caña ». Se quedó atónito, « ¿Cómo puede ser posible?», replicó. «Esta es una caña XYZ y todo el mundo dice que es una gran caña». «No es la mejor caña para este tipo de ríos», le contesté. «Es muy rápida de acción, y su puntal es bastante rígido. Y cuando clavas, o rompes el hilo o rasgas la comisura de sus labios. Y otras veces  tú mismo sacas la mosca de su boca cuando das el tirón». Le dejé mi caña Winston para que probara con otro modelo durante la tarde. Y el éxito fue absoluto, sacando numerosas truchas de todos los tamaños. Este pescador,  compañero por un día y amigo para siempre, no podía creer la diferencia, y al día siguiente adquirió por catálogo una Winston del mismo modelo y longitud. Siempre que rememoramos ese día, las pocas veces que hemos podido coincidir de nuevo para pescar, me termina diciendo que para él, la Winston fue una «revelación».


    En su momento, estas cañas alcanzaron la perfección en facilidad de manejo, presentación, y capturas. Seguro que este hecho es discutible para muchos, donde meterían a la GLX de Gary Loomis o a la RPL de Sage o añadirían a las Orvis Superfine o a las insuperables Scott G.  Pero ambos modelos de cañas eran las «mías» y las que más cantidad  de capturas me han dado aquí y allende los mares. Quizá porque han sido a las que más años he dedicado, hasta llegar a ser una extensión de mi muñeca. Hoy ya son cañas clásicas, muy revalorizadas o desaparecidas del mercado de segunda mano, deseo de coleccionistas, que rara vez son vistas a pie de río.


    La sensorialidad y el disfrute del mundo de las cañas están en el centro de la pesca y de su reflexión individual. Como la mayoría de los pescadores, durante un tiempo, quise darme a la fuga por los caminos de la modernidad ya abiertos por otros.  Lo hice sin intención de rigor histórico alguno, por opiniones de los demás, de expertos «mosqueros» mercaderes sobre todo. Más tarde me di cuenta que el objetivo no era ese: se trataba únicamente de adquirir y acumular modelos de cañas supuestamente avanzadas, para intercambiar nuestras impresiones sobre los mismos en cada reunión, y aparentar modernidad y glamour. Tras una temporada, la mayoría de las veces volvía a mis modelos predilectos, reconociendo que me había equivocado en la elección: no se adaptaban a mi manera de lanzar y entender la pesca.


    Desde el inicio siempre he tenido predilección por las cañas de acción media o media rápida, ¡hecho este tan subjetivo! Eran cañas que extendían largos bajos de línea sin problemas (tema este que siempre me ha dado quebraderos de cabeza),  cargaban bien de cerca, progresivamente extendían muchos metros de línea si así lo requería, y sobre todo, no desnucaba a las truchas más chicas, volteándolas fuera del agua al primer cachete. El truco para dominarlas era el «tempo». Sentir su poder en cada movimiento de lanzado. La mayoría de las cañas fabricadas hoy son muy rígidas y rápidas, cuesta cargarlas de cerca y obliga al lanzador a hacer un duro trabajo, en vez de dejar que lo haga la propia caña. Esto afecta a la calidad de la presentación y a las lesiones de muñeca-brazo del pescador. Tienes que ser muy experto para dominarlas. Esa es la razón de que abunden tantos perfiles radicales y distribuciones de pesos en las líneas de mosca actuales.


      Las Winston IM6 y las Sage LL son óptimas para lanzar distancias cortas o medias (las que solemos hacer el 90% del tiempo), y se adaptan perfectamente al número de línea recomendado.  Cuando  investigaba para adquirir cada uno de los modelos y marcas antes referido, siempre me decían: es lo más parecido al bambú. Mantra que se repetía en tiendas de París, de Londres, Madrid o New York. Y los maestros y guías de río, de cualquier parte del mundo, no se equivocaban. Quizá por ello me pasé al bambú unos años después. Pero quien realmente me facilitó la decisión, ese empujoncito que todos necesitamos, fue Gary LaFontaine, una referencia en el mundo de la pesca a mosca. En su libro «Trout Flies», en la introducción, comentaba que durante sus cursos y charlas, todos los participantes le preguntaban cuales cañas utilizaba para su especializada pesca. Y siempre, claro y conciso, les contestaba: «La Sage LL 389, la mejor caña de mosca seca jamás fabricada». Literalmente decía «el epítome de la delicadeza práctica en cualquier tamaño de río». Algo parecido me ocurrió con Tom Morgan, propietario de Winston y excelente diseñador de cañas de mosca durante los años 70 y 80. En su biografía comentaba que tenía la necesidad de crear en grafito las mismas sensaciones que ya conformaba en sus maravillosas cañas de bambú. Y de su habilidad e ingenio, surgió la IM6 en todas sus longitudes y modelos, siendo quizá la TMF 8´ línea 4, su caña más famosa (aunque mi favorita siempre ha sido la 8´6” de línea 4 y en dos tramos).


      Craig Matthews, pescador de Montana y creador de la famosa mosca «Sparkle Dun», el cual conozco y admiro, es un fanático de esta caña y  nunca pierde la ocasión de explicar sus cualidades y beneficios: ligera, versátil y afinada en puntería. Yo nunca las he abandonado, y en mi entorno más cercano, existe un cierto «revival» de este tipo de cañas fabricadas hace más de dos décadas. Este viejo equipaje desvela al hombre pescador,
desdoblándolo en una forma material que permite adivinar, a cualquier observador imparcial, qué cosas le son esenciales, y de qué no podría prescindir ni siquiera un solo día sin sentir que pierde su tiempo  o que está fracasando. Es la encarnación de una sociología al mismo tiempo que de una psicología. Claro está, que el buen apero no es suficiente si las truchas no están a la altura, aunque yo soy de los que pienso que cuando uno se acerca al río, es muy conveniente llevar, además de buenos aparejos, una buena provisión de ánimo, de alegría, de valor y de buen humor.


     Leer en los distintos foros sociales las opiniones que hay sobre una vieja Winston, Sage, Scott, Thomas&Thomas, Orvis o Gary Loomis, tiene parte de folklore. Hay fanáticos de las Fendwick o de las Diamondback de los ochenta. Algún español todavía se acuerda de las Guy Plas de Boro. Hay pescadores que odian su peso (unos mg más que las actuales), o rechazan directamente que fueran de  dos o tres tramos, o que las conexiones fueran de «espigot», o que el grafito fuera de primera generación, pensando que es algo obsoleto y poco evolucionado (aunque ahora las cañas de competición más punteras se vuelven a hacer de IM6). La influencia del márketing es cada vez más fuerte y decisiva para vender más, pero en lo que todos coinciden es en el objeto de deseo que es pescar con una LL o con una Winston de aquellos años. Yo las amo. Por supuesto amo todas las cañas. Algunas más que otras. Y en mi mano, cualquiera de ellas son objetos de admiración. Pero por mi experiencia con el bambú y con un elevado número de cañas de fibra y de grafito con los que he pescado, ambos modelos clásicos son los más trucheros que jamás se hayan producido. Por supuesto, de nuevo advierto que es una opinión personal y subjetiva, y  que otros juicios o criterios serían igual de válidos. Pero me creo en el deber de dar a conocer a las nuevas generaciones que otras cañas existieron, y que algunas fueron bastante mejor que las actuales. Es una proclama para recordar  que una vez alcanzada la perfección,  lo demás son vueltas y envoltorios sobre lo mismo.


      A veces, las menos gracias a dios, las largas horas de caminata por la orilla del río se hacen aburridas debido a la monotonía del paisaje ya conocido, al calor, o simplemente porque el pescador no alcanza a liberarse de sus preocupaciones ordinarias. Sin cebas o picadas oportunas,  impaciente por llegar al final de la etapa o por volver a su hogar tras muchas horas en el cauce, su camino deviene en una penitencia que le recuerda la de esos días en los que era castigado a correr en el patio del colegio durante todo el recreo. Está impaciente por descargar su chaleco, vadeador, caña de mosca, y pasar a otra cosa. Pero el aburrimiento es a veces también una voluptuosidad tranquila, un retiro provisional lejos de ese frenesí ordinario que nos despierta desamparados y perplejos por la mañana, con las manos vacías y el tiempo lleno de un vago remordimiento por no estar del todo en la tarea pesquera. Paradójico sentimiento de pereza que no impide que recorramos unos buenos kilómetros de agua al día siguiente, haciendo lo mismo. El pescador es rico en tiempo, libre de pasarse horas tentando una poza o rodeando un lago, siguiendo el curso de un río, subiendo una orillada colina, atravesando un bosque, observando los animales o echando la siesta a la sombra de un sauce ribereño. Es el único propietario de sus horas, y nada en el tiempo como en su elemento natural: la cultura de lo clásico apacigua el tormento de lo efímero. Desde el momento en que cogemos nuestra vieja caña de mosca, ya sea de bambú, de fibra o de grafito, y nuestra bota pisa los guijarros húmedos del río, la mente pierde el interés por los últimos acontecimientos y se centra en la perfección del lance, la dulzura de las posadas y el disfrute intemporal. El gusto por utilizar una vieja Sage LL o una Winston IM6, o cualquier caña tradicional que tengamos en nuestro corazón, nos lleva al limbo de estas tres premisas anteriormente señaladas: perfección, dulzura y disfrute. A mi parecer, las nuevas cañas o evoluciones de las mismas, no han aportado nada nuevo y rompedor a las técnicas de pesca.  Cualquier modelo o fabricante actual del mercado las hace ligeras, bien construidas y quasi-perfectas. Incluso específicas para cada tipo de pesca. Pero no tienen el tacto y la acción de esas cañas diseñadas hace 25 años, y por supuesto, ninguna se ha convertido en un icono de la pesca a mosca con grafito, como lo son estas «clásicas» del siglo XX. Quizá, dentro de una década, haya otro «revival», pero esta vez de cañas actuales, aunque creo que la espiritualidad de la pesca es pura retórica, y que una buena Sage LL permanecerá siempre. Amén.


     P.D.: Aunque con la Sage LL 389 he llorado y he reído a la orilla del río, mi alma acoge también a una Sage SLT 486 de cuatro tramos que me regaló mi mujer como regalo de novios. Otra joya de la pesca con mosca seca que daría mucho de qué hablar.


jueves, 2 de junio de 2016

Mi querido río Gallo

De esta foto …


… a esta,…


han pasado veinticinco años. Esta última era mi primer día en el río Gallo, expectante y algo novato, embutido en neopreno, y acompañado de mi fiel RPL entre líneas, bajos y moscos. La primera es un minuto de reposo y sosiego, buscando la mosca idónea durante una eclosión de tricópteros saltarines, en mi última visita a este río, el pasado  30 de Mayo.  El Gallo, joya calcárea de la meseta castellano-manchega, enfoscado entre altos farallones y rojizos  riscos, recorre el maravilloso cañón que lleva su nombre, entre ermitas, aldeas aisladas y  truchas saltarinas. Es un río de caudal constante, transparente la mayor parte de las veces, aunque alguna lluvia ocasional de temporada o quizá, la masificación de visitantes veraniegos en Molina de Aragón, pueda encanecerlo o embarrarlo hasta límites insospechados.


Entre una foto y otra han pasado años de mucha observación, de aprendizaje, de experimentos, de alegrías y también, debo decirlo, de muchos fracasos. He vivido sus truchas gloriosas en los ochenta y parte de los noventa, donde una ignita bien colocada en sus railes de algas, o un tricóptero grisáceo bien manejado al atardecer, conseguía capturas de rango que  curvaban las cañas de grafito hasta el límite. También sufrí su declive durante el cambio de milenio y más allá, debido a  la suciedad permanente del río por la polución de Medina, a la impunidad de sus furtivos que se llevaban kilos de truchas sin compensación alguna,   y a la colmatación de los fondos por falta de riadas, que limitaba las grandes emergencias de insectos que se había vivido en el pasado.


Pero desde hace cinco años he vuelto a la carga, lo pesco varios días durante la temporada, tanto el coto de Ventosa como lo libre de Torete o el S/M de Cuevas Labradas. La calidad de las eclosiones y su número de truchas de todos los tamaños y colores me da confianza en su futuro, y podría comunicaros, a mi parecer, que hay un resurgir del río Gallo como maravilloso destino de pesca.


Mi última salida así lo corroboró. Aparte de las  hermosas truchas fario de todos los tamaños que devolví durante la jornada, encontré eclosiones masivas de olivas, dípteros, ritrógenas, tricópteros  medianos y algunas hormigas que caían inocentemente de los alisos de las orillas. Sus aguas, todavía frías y primaverales, eran claras y majestuosas. Las tablas entre las numerosas chorreras, tranquilas y sosegadas, estaban repletas de ovas bailando cerca de la superficie. Entre tanta hierba y ranúnculo, aparecen misteriosos  agujeros negros, cercanos a raíces o rocas, que ocultan truchas grandes, de respeto. En dos de ellas capturé a seca, simple y llanamente con una Adams Parachute, dos piezas viejas del lugar, dos trofeos para este río. Eran dos peces  negruzcos, tirando a  verde en su parte superior, con grandes ocelos rojos y blancos, y con una panza pardo claro. Son truchas de fondo, siempre ocultas, expectantes a cualquier pez o ninfa grande que se acerque a su reino. Sin embargo, sea por capricho o sea por gula, los dos peces absorbieron la imitación grisácea con seguridad y parsimonia. Quizá fue suerte. No sé si la efectividad de la Adams es por parecer una emergente a ojos del pez, por simular el revoloteo de un tricóptero emergiendo, o porque puede simular una hormiga de temporada. Lo que piensen las  truchas deja de ser importante cuando estadísticamente es la  mosca comodín de mis cajas, que mayor número  de truchas me ha dado.  Es una cuestión de fe y confianza.


El río Gallo es un muy técnico de pescar. Yo  diría que no apto para principiantes, sobre todo a partir del mes de mayo, cuando la vegetación cubre sus fondos hasta ras de superficie, generando suaves corrientes aleatorias, muy complejas de sortear. La puntería es esencial para poner la mosca entre los canales de hierbas o muy pegadas a las herbosas orillas, unas veces rellenas con juncos y otras con raíces y ramas de vegetación riparia. La distancia entre el límite de ovas y las orilla es de sólo 20cm. Por lo tanto el control del lance y la posada ha de ser grande. Además el bajo de línea ha de limitar el arrastre de la imitación para que el dragado sea nulo. En este tipo de ríos utilizo un furled leader de 6,5’ de color oliva (del color de las ovas en superficie o del fondo) y unos «tippets» de nailon muy poco rígidos, suavecitos, para que se pueda minimizar el inevitable dragado durante mucho más tiempo. En estos casos utilizo el hilo francés «Cameflou». Este tipo de bajo a mí me va muy bien, como ya os  he expuesto en otros foros.


En definitiva es un río para “adultos” en el arte de la pesca, o para “menores” pero siempre acompañados. El río ha tenido una catarsis a lo largo de los años, y está volviendo por sus viejos fueros. Nada que envidiar a los afamados ríos de otras regiones que llenan páginas de Facebook por sus truchas y anchuras de espacios, pero que son muy cómodos de pescar para los neófitos (¡ojo!, que no he dicho fáciles). Y es que muchas veces me gustaría que los campeonatos también se centraran en estos ríos difíciles pero majestuosos, donde si eres campeón, con seguridad no tendrás rival en otros ríos. El cauce mismo es una cátedra para los lanzadores «mosqueros». El perdigón tiene limitado éxito, y las cañas largas pocas ventajas. Sé que sonará raro para muchos con la bonanza de la ninfa, pero el Gallo puede ser la mejor escuela de aprendizaje para pescar a seca. En él nos hemos formado muchos desde hace veintitantos años…pero eran otros tiempos y otras circunstancias.



Por lo tanto, alegrémonos por el Gallo.



lunes, 28 de marzo de 2016

Mi equipo de pesca indispensable



Adjunto un escrito de John Juracek (Blue Ribbon Flies), respondiendo a la sempiterna pregunta ¿Cuál es tu equipo de pesca favorito?
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Mi equipo de pesca indispensable
   Entre todos destacaría tres:

1. El libro «A Modern Dry Fly Code» de Vincent Marinaro
2. El libro «Nymph Fishing for Chalkstream Trout» por  G.E.M. Skues
3. El libro «Death of a River Keeper» por Ernest Schwiebert



   Cuando hacemos referencia a cañas, carretes, líneas y a todos los aparejos de mosca que están disponibles en el mercado, me gusta pensar que, si estuviera forzado a ello, podría pescar realmente bien con cualquier de ellos – ya sea del pasado o del presente. No es que no tenga marcas o modelos favoritos para usar. Los tengo,  como todos los pescadores. Pero incluso mis cañas y carretes más preciados no los considero imprescindibles. No en la manera en la que ciertos libros de pesca lo son. Después de todo, hay innumerables cañas de mosca para elegir –dame una, y seguro que me haré con ella, la dominaré y terminaré pescando alegremente. Lo mismo me pasa con carretes, líneas, bajos y moscas. Ahora bien, esto nunca me ocurrirá con los autores de los libros anteriores.

Estos escritores  son diferentes. Son únicos, no intercambiables por otros. Al menos hago referencia a los hombres que crearon los libros clásicos de pesca. Hubo sólo uno de ellos, Mr. Skues, que paseó los principales ríos calcáreos de las campiñas británicas, en Hampshire. Sólo un Ernie Schwiebert compiló una lista de emergencias de insectos por mes, año y río,  entre otros méritos que realizó a lo largo de su vida. Sólo un Vince Marinaro combinó la habilidad de observar el río con la maravillosa escritura de sus percepciones. Por todo ello, considero que los libros de estos hombres serán siempre “mi indispensable equipo de pesca”, porque simplemente no puedo ni podré estar lejos de ellos cuando vaya a tentar a la trucha.

   Como fuente regular de conocimiento, los libros de pesca están a la baja. Conozco muchos pescadores de generaciones actuales que nunca han estado expuestos a los escritos de estos tres autores. Si tú eres uno de ellos, y no has tenido todavía la oportunidad de leerlos por ti mismo, te adjunto un breve resumen de cada personaje. George Skues fue el mayor y más importante teórico de la pesca a mosca que jamás se haya conocido ( y por lo que cuentan, también un magnífico practicante). Tanto es así, que casi todo lo que hacemos en el río hoy día, se lo debemos a él, y especialmente, todo lo relativo a la pesca con ninfa. Escribió numerosos libros y aprecio casi todos ellos. Pero si tuviera que elegir uno, este sería «Nymph Fishing for Chalkstream Trout» (Traducción: “La pesca a ninfa de las  truchas de ríos calcáreos”). Vince Marinaro escribió «A Modern Dry Fly Code» y «In the Ring of the Rise» (Traducción: “Un enfoque moderno para la mosca seca” y “En el anillo de la subida”). El “Code” es una obra maestra, famosa por sus agudas observaciones sobre  la influencia de los insectos terrestres sobre la alimentación de las truchas, así como de otros insectos acuáticos en general que influyen en su comportamiento. Ernie Schwiebert fue una suma de los dos autores anteriores, además de una autoridad en la pesca a mosca y un gran contador de historias. Es imposible evaluar su gran influencia en la pesca a mosca en USA y en el mundo, desde mediados de los años 50 hasta el final del siglo XX. Escribió muchos libros, y los he  disfrutado todos, pero destacaría «Death of a River Keeper» (Traducción: “Muerte de un Guardaríos”) por la belleza de sus narraciones y «Nymphs» (Traducción: “Ninfas”) por su análisis científico y complejidad, detallando el este estado de los insectos de río (-en USA-).

   Si eres algo curioso sobre cómo este deporte ha llegado hasta donde está hoy, estos tres autores te iluminaran el camino. Espero que puedas disfrutar de estos escritos como yo lo hice, y deseo escuchar cuales fueron o serán los tuyos.
John Juracek – Marzo 2016
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   ¿Qué más puedo añadir? Confirma lo que estamos viviendo diariamente en la web y sobre todo en los ríos de nuestra piel de toro. La gente no lee sobre la pesca a mosca…bueno, sí,…, se informa parcialmente sobre las técnicas de competición o  sobre las técnicas de nuestros campeones para sacar el mayor número de truchas por minuto, pero no profundizan en su pasión ni están interesados en averiguar el origen y evolución de su deporte…de la mosca seca, de la ninfa, de los ecosistemas que pisan, de sus cuidados, de las variedades de insectos en el río, habría un infinito etcétera. 
Hace unos días, en un curso de pesca a mosca que he dado a adolescentes y maduritos de más de veinte, y atendiendo a sus dudas y preguntas, me he dado cuenta que hemos creado unos expertos en perdigones, colores, 3D y plomadas, pero no tienen ni idea de lo que imitan o de los insectos que pueden habitar en el río que patean. A mi parecer, un sinsentido. 


   Esperemos que todo vuelva a su ser, porque parece que es un problema generalizado en todos los países, tanto en nuestra vieja Europa como en USA. Y como decía Unamuno, «Procuremos más ser padres de nuestro porvenir que hijos de nuestro pasado»

Por cierto, para todos todos aquellos que hayan leído hasta aquí,  os adjunto mis tres libros de pesca predilectos (los he leido en inglés aunque podéis encontrar alguna versión al castellano),  aquellos que me ayudaron a crecer como pescador y/o como montador de artificiales.

1. El libro «Caddisfies» de Gary LaFontaine
2. El libro «Presentation» por  Gary Borger
3. El libro «The Soft-Hackled Fly » por Sylvester Nemes

Otro día hablaremos de ellos.



domingo, 14 de febrero de 2016

Viejas modas para tiempos nuevos

Un "gentleman" en el río, un caballero en la vida. Ambas cosas no se pueden disociar de un verdadero pescador de mosca. Por suerte tenemos un hobby que abarca esto y mucho más.


Una foto con muchos recuerdos...ropa "vintage", técnicas hoy día olvidadas, y la maravillosa tranquilidad del aislamiento entre riscos, pizarras y truchas...Dicen que un río hace una persona. Si ello fuera así, a mi me ha modelado El Cabrera. Lo tengo en lo más profundo de mi corazón, y sólo allí soy capaz de llegar al culmen de la pesca a mosca. A lo básico, al disfrute con lo mínimo.


Una caña de bambú, una línea de seda, un "furled leader" fino y sublime, una mosca ahogada, y un morral con lo justo...¿para qué más?
La temporada 2016 está cerca, se huele en el río, y lo atisbo en el horizonte. Quizá por ello me vuelvo tan nostálgico.



viernes, 5 de febrero de 2016

Mosca ahogada con "furled leader"

    A menudo se piensa que los bajos "furled leader" (o bajos torsionados) modernos sólo están relacionados con las ventajas del lanzado y con la pesca a mosca seca. Sin embargo, son maravillosos cuando se pesca a mosca ahogada tradicional, ya sea con pluma de León o con pluma de perdiz. Estos "furled leader" son beneficiosos, sobre todo, cuando las pescamos pesca río arriba, ya que facilita la puntería del lance y la extensión suave del hilo terminal en distancias cortas. En este tipo de bajos ( en 1,5 m o 2 m, ver http://www.truchaboo.com), cuando utilizo una ahogada , suelo añadir un nailon de un metro a metro y medio, dependiendo de la profundidad del río. Cuando pesco con dos moscas, normalmente de diferente color o tamaño, dejo 60cm desde la anilla del "furled leader" hasta el primer codal, y luego la mosca de punta estará a 90 cm aparte.


   En acción de pesca intento asegurar que la punta de la caña esté lo suficientemente alta como para mantener fuera del agua el bajo torsionado, salvo 2 o 3 cm de su punta, minimizando de esta manera el dragado. Los "furled leader" que tienen puntas de alta visibilidad, pensado para ninfas o localizar moscas diminutas en la distancia, son perfectos para detectar las tomas sosegadas y a veces imperceptibles de las grandes truchas.


   
Esta técnica de pesca es maravillosa en cualquier río mediano/pequeño de nuestra piel de toro. Probarlo alguna vez, y quedaréis enganchados.