domingo, 14 de febrero de 2016

Viejas modas para tiempos nuevos

Un "gentleman" en el río, un caballero en la vida. Ambas cosas no se pueden disociar de un verdadero pescador de mosca. Por suerte tenemos un hobby que abarca esto y mucho más.


Una foto con muchos recuerdos...ropa "vintage", técnicas hoy día olvidadas, y la maravillosa tranquilidad del aislamiento entre riscos, pizarras y truchas...Dicen que un río hace una persona. Si ello fuera así, a mi me ha modelado El Cabrera. Lo tengo en lo más profundo de mi corazón, y sólo allí soy capaz de llegar al culmen de la pesca a mosca. A lo básico, al disfrute con lo mínimo.


Una caña de bambú, una línea de seda, un "furled leader" fino y sublime, una mosca ahogada, y un morral con lo justo...¿para qué más?
La temporada 2016 está cerca, se huele en el río, y lo atisbo en el horizonte. Quizá por ello me vuelvo tan nostálgico.



viernes, 5 de febrero de 2016

Mosca ahogada con "furled leader"

    A menudo se piensa que los bajos "furled leader" (o bajos torsionados) modernos sólo están relacionados con las ventajas del lanzado y con la pesca a mosca seca. Sin embargo, son maravillosos cuando se pesca a mosca ahogada tradicional, ya sea con pluma de León o con pluma de perdiz. Estos "furled leader" son beneficiosos, sobre todo, cuando las pescamos pesca río arriba, ya que facilita la puntería del lance y la extensión suave del hilo terminal en distancias cortas. En este tipo de bajos ( en 1,5 m o 2 m, ver http://www.truchaboo.com), cuando utilizo una ahogada , suelo añadir un nailon de un metro a metro y medio, dependiendo de la profundidad del río. Cuando pesco con dos moscas, normalmente de diferente color o tamaño, dejo 60cm desde la anilla del "furled leader" hasta el primer codal, y luego la mosca de punta estará a 90 cm aparte.


   En acción de pesca intento asegurar que la punta de la caña esté lo suficientemente alta como para mantener fuera del agua el bajo torsionado, salvo 2 o 3 cm de su punta, minimizando de esta manera el dragado. Los "furled leader" que tienen puntas de alta visibilidad, pensado para ninfas o localizar moscas diminutas en la distancia, son perfectos para detectar las tomas sosegadas y a veces imperceptibles de las grandes truchas.


   
Esta técnica de pesca es maravillosa en cualquier río mediano/pequeño de nuestra piel de toro. Probarlo alguna vez, y quedaréis enganchados.

lunes, 25 de enero de 2016

La comodidad es lo primero: el Lanyard

Dentro de los múltiples y variados accesorios de pesca que almacenamos en nuestra alforja pesquera, he de contaros uno que se ha hecho imprescindible por méritos propios: el «Lanyard» o también conocido como Collar Multiusos o Porta Utensilios.  Su fundamento es simple: es un sencillo cordón o tela que se cuelga del cuello, y que nos permite llevar  y tener a mano sin dilaciones, uno o más accesorios de pesca. Puede tener múltiples diseños, dependiendo de la experiencia o necesidades del pescador. Pero su gran ventaja es que nos ahorra peso y espacio a la hora de ir al río. Lo hemos visto en multitud de imágenes en la Web o en Facebook, y lo portan los guías y profesionales más expertos, sobre todo los de allende del Atlántico, tan acostumbrados a economizar y a eliminar lo innecesario.



En mi afán por reducir lastre, elementos inútiles e ir lo más ligero posible, hace años pedí consejo a un afamado pescador de bambú norteamericano  y amigo de muchos años. Me dio varias directrices: buscar algo clásico sin muchas complicaciones, ligero, y a ser posible natural. Y me envió un modelo que hacía él para su propio uso, de madera y cuero, con un diseño entre hippy, zen y «vintage», y tras una temporada de mucho uso, quedé encandilado de las posibilidades que me ofrecía. Aún lo tengo  expuesto en mi habitación de lectura y montaje, algo descolorido por los años, pero disponible para una nueva aventura.


Los Lanyard son ergonómicos, confortables, y sumamente eficaces. Los puedes personalizar y tener varios preparados según el tipo de salida: para arroyos de montaña, para lago, para lucio o barbo, para mar o para río. Existe un abanico de posibilidades que sólo tú puedes decidir. El objetivo es llevar a mano todos los utensilios que utilizas comúnmente a la orilla del río/lago, colgados cómodamente del cuello. No es algo nuevo, puesto que hemos llevado de manera parecida desde móviles y cámaras de fotos, a llaves y bolsitos. ¿Porqué no llevar de la misma manera un secante Amadou, un flotabilizador o un corta hilos?



El icónico chaleco de pesca abunda y mucho en las orillas de nuestros ríos. Es un clásico que nunca se perderá.  Pero muchos pescadores hemos evolucionado al minimalismo de la riñonera o de la bandolera cruzada al estilo de nuestros antepasados, facilitando la sujeción de nuestros riñones o espalda, durante las longevas jornadas de pesca. Estos son muy útiles para llevar cajas, bajos de línea, o identificadores de picada. Pero resultan relativamente incómodos cuando tenemos que abrirlos o forzarlos cada vez que queremos cambiar una mosca o cortar un nailon. Para ello el  Lanyard es un buen complemento y de gran utilidad. Ya sea durante los serenos, o para hacer la garita hasta más allá de la cintura, por ejemplo en el Tormes o en el padre Esla,  muchas veces simplifico el material a llevar al río: un lanyard al cuello (con Amadou para las moscas en CDC, un bote de  secante, una pasta flotabilizadora, un corta hilos, 4 bobinas de hilo, y a veces un «forceps» o  «ketchum release» para desanzuelar las truchas sin tocarlas) y una caja estanca que llevo o colgada del mismo Lanyard o en un bolsillo del chaleco. Os aseguro que en la simplicidad está el éxito.



En TruchaBoo encontrarás varios modelos testeados a pie de río por mí y por numerosos pescadores que lo han estado probando en mi nombre. Están hechos a mano, de manera artesanal, y se han realizado con materiales naturales y colores acorde con los tiempos. Algunos son un cambio a lo pre-establecido y quizá algo atrevidos para lo que solemos ver a pie de río. Pero soy un convencido de que hay que llevar un poco de alegría al ir a pescar, y qué mejor demostración, que empezar por lo que llevamos encima. Por ello me veréis con un pañuelo colorido al cuello, o con una riñonera azul cobalto, con un corta hilos naranja, o con un lanyard  que demuestre mi estado de ánimo de ese día: Aire (con tonos azules), Fuego (con tonos naranjas) o Tierra (con tonos neutros de la naturaleza). Los tres los veréis en TruchaBoo.com



Espero que deis el paso y tengáis el atrevimiento de probar cosas nuevas que nos simpliquen cada salida de pesca.
Para más detalle acudir a:
http://www.truchaboo.com/store/p15/Collar_Multiusos_-_Laniard_TruchaBoo.html



viernes, 18 de diciembre de 2015

Esa joya llamada ORVIS CFO

      

      El próximo día de navidad estaré de doble celebración. Una es la natural en estas fechas, de reuniones familiares, amor, felicidad, turrones y champán.  La otra es de aniversario.  Hará justo 20 años que Papá Noel me trajo un carrete emblemático para la pesca con mosca: un Orvis CFO III.  Yo estaba acostumbrado a pescar  con el clásico Hardy Marquis #5, una maravilla de precisión, simpleza y efectividad. Equilibraba maravillosamente mis cañas de entonces, y carraspeaba, con un sonido estridente pero encantador,  al recoger el hilo y la línea durante la acción de pesca, o cuando una trucha de peso huía con una carrera despavorida. Amaba ese carrete porque nunca pasaba desapercibido a la orilla del río. Es más, varias veces se han ofrecido a pagar una buena cantidad de euros por él, algún coleccionista, e incluso un museo. Pero mi respuesta ha sido siempre la misma: fue mi primer carrete, y morirá conmigo. 


Sin embargo, le iba a ser infiel durante esa temporada de 1995. Estaba organizando mi primer viaje a Chile, a la Patagonia profunda , y comencé a buscar otro modelo que pudiera estrenar con las truchas australes. Quería una alternativa que fuera fiable para pescar a «streamer » o con ninfas pesadas, y lo suficientemente robusto como para aguantar las situaciones extremas del cono sur. Por aquel entonces  no había internet para buscar información sobre  los carretes del mercado, sólo funcionaba el boca a boca, y alguna tienda del sector. Pero yo era adicto a cada análisis o examen comparativo, que aparecía en  las revistas americanas a las que estaba subscrito. Pasaba sus hojas una y otra vez, para no perder detalles. Y aunque se supone que las decisiones deberían ser metódicas  y bien estudiadas cuando la inversión económica a realizar es alta, yo me he guiado mucho por mi instinto y sobre todo por la imagen visual que proyecta. La calidad y buena fabricación de cada renombrada marca de carretes, la daba por buena. Pero, como cuando uno elige un reloj de pulsera, la elegancia y prestancia en la muñeca guiará nuestra decisión final, más que la exactitud o modernidad del carrete. Entonces, cayó en mis manos un anuncio a toda página y en blanco y negro, donde aparecía un pescador cruzando un río, con la caña en lastre, y portando un carrete Orvis. No recuerdo lo que anunciaba, pero me sentía identificado con la escena. Incluso recorté la foto para tenerla de referencia y averiguar el modelo de carrete de la imagen. Cuando por fin lo supe, no dudé en adquirirlo, costase lo que costase. De ahí mi obsesión con los Orvis CFO. Y el resto, ya os lo podéis imaginar: escribí la carta a los Reyes Magos, rogando un especial esfuerzo para el regalo. Pero impaciente, no pude esperar, y me lo auto-regalé para que el hombre de rojo y barba blanca, me lo dejase en la chimenea la noche del 24 de diciembre. Realmente lo adquirí durante un viaje relámpago a Londres, en una subasta de materiales de pesca de segunda mano junto a Portobello Road.  Todavía me acuerdo la cara de tristeza que puso la viuda inglesa que me lo vendió, cuando me hizo entrega, cual reliquia, del carrete que había usado su marido hasta su feliz muerte, pescando, a la orilla del río Colne, cerca del aeropuerto de Heathrow. Al menos, así me lo contó.  Curiosamente, el CFO todavía tenía la línea sintética original, una WF acartonada por los años de uso, y un bajo de línea  rígido y caducado.



El CFO se ha convertido en un clásico moderno. Su nombre es en honor de Charles F. Orvis, que diseñó y patentó el primer carrete con agujeros de ventilación, hace más de ciento cuarenta años. Se encuentra en varios museos de pesca en el mundo, sobre todo en el «American Museum of Fly Fishing en Manchester, Vermont, USA», y sus distintos modelos, se han revalorizado hasta dos o tres veces su precio original, a lo largo de los años. Y siguen funcionando como el primer día. Su freno es simple, manual, pero con una dinámica de ajuste infinita. Eran una obra de ingeniería perfecta, sobre todo los que fueron fabricados en UK,  hasta finales de los noventa, por Hardy Brothers. Después, con el nuevo milenio, llegó el marketing, y la necesidad de incrementar la cuenta de resultados, y Orvis decidió fabricar estos carretes en China. Su relativa baja calidad y el poco éxito de los nuevos  CFO con freno de disco, casi hacen desaparecer el modelo. Pero Orvis, ayudado por las nuevas tendencias "revival", en el año 2013 volvió a sacar el CFO, manteniendo el diseño original y el  freno simple, cambiando  los diámetros y el color con respecto a los patrones anteriores, y publicitando su actual fabricación como «Made in USA».  


Mi carrete ORVIS CFO III es un «clásico raro» y de edición limitada. Se fabricó en el año 1978, en Inglaterra.  Su color es gris oliva. Y se ajusta a mis cañas de bambú perfectamente. Es un «fijo» en mi bolsa de pesca, no lo suelo sacar. Además llevo varias bobinas de reserva, cargadas con  diferentes  números de línea, y dos de ellas cargan  una línea de seda, una Chambord WF  línea #5 y una Phoenix DT línea #4, que utilizo en ríos pequeños de montaña o en suaves ríos calcáreos de la meseta, sobre todo cuando llega el estiaje del verano. Pesco con otros tipos de carretes que he acumulado a lo largo de los años, más por vicio que por necesidad. Uno de ellos incluso formó parte de mi regalo de «pedida». Pero cuando reviso mis álbumes de fotos, etiquetados por años desde 1988 hasta hoy, o rememoro los mejores lances y capturas a lo largo de mi trayectoria pesquera, me doy cuenta que el CFO  siempre ha compartido esos momentos, convirtiéndose en la joya de la corona de mi almacén mosquero.





lunes, 30 de noviembre de 2015

Nuevo Libro: «A PIE DE RÍO. Anécdotas y reflexiones de un pescador de mosca»

Os informo que por fin he publicado mi primer libro de pesca.  Hace un año, cuando inicié mi andadura en las redes sociales con este blog y con mi personal aventura TruchaBoo (www.truchaboo.com), me propuse buscar tiempo, entre las obligaciones del día a día y de la familia, para organizar las notas, apuntes, artículos y manuscritos que había escrito durante más de veinte años de pesca a mosca. El acumularlos ha sido un proceso largo y continuo, de muchos años, pero muy placentero. Me gusta escribir. Ya desde pequeño, cuando un torrente de palabras fluía en mi mente, buscaba papel y lápiz para plasmar en un folio aquellas frases aisladas que expresaban mi pensamiento, sin orden ni concierto. El objetivo era no perder ni un ápice de los mensajes que quería transmitir. Y tras múltiples correcciones y cambios, algunos se convirtieron con posterioridad en artículos de revista, y  otros los acumulé en una mohosa carpeta azul entre mis libros, con la etiqueta de «futuribles».


En general, con las nuevas tecnologías, la información de pesca está dispersa. Ocurre algo parecido con la imagen y con el sonido: cuando necesitamos algo, nunca lo encontramos (he pasado de manejar carpetas con 300 diapositivas, a utilizar una base de datos con más de 2000 imágenes). Por ello creo que unificar criterios y concentrar textos con un mismo fin, aporta valor añadido al lector curioso e interesado, en estos avatares. Al mundo piscícola y sobre todo al de la pesca a mosca, le falta cierta literatura de sillón que cuente aventuras, sensaciones o vivencias del pescador de ribera o de mar, que nos haga disfrutar de las anécdotas o desventuras de nuestro compañero cercano, y que nos haga recapacitar un poco sobre las posibilidades futuras de nuestro pasatiempo favorito. Deberíamos transmitir porqué somos, a mi parecer, los primeros defensores del entorno y de la naturaleza en general. Tenemos la obligación de explicar la suerte que tenemos de poder disfrutar de una lucha de tú a tú con un pez, que lleva durante generaciones aprendiendo a evitar los engaños y a los predadores, y poder devolver con vida a nuestros contrincantes, hasta el siguiente lance.  Y debemos enseñar a las futuras generaciones, los más jóvenes, que somos la proa de la sostenibilidad de nuestros ríos, campos y aldeas.
La trastienda de un aprendiz de escritor es compleja, y tras una lucha titánica con uno mismo y con el tiempo,  surgen novelas, ensayos o poemas, que evocarán al futuro lector, las pasiones, aventuras o desamores del que escribe. Sin embargo, cuando el tema central es la «pesca», al narrador le da la sensación de que esa labor va a ser un viaje a ninguna parte. En mi caso, soy de los que pienso que en este mundo no hay imposibles, sino sólo improbables. Y por ello me empeciné en seguir adelante con este compendio de historias, reunidas en el libro que aquí os presento.

«A pie de río» debería ser lectura no sólo para pescadores, sino también para toda esa gente que es ajena a este deporte pero que se ve afectada de manera colateral por su trascendencia: padres, hijos, parejas o amigos. Con las anécdotas y reflexiones puestas en papel, podrán entendernos un poco más. La experiencia de escribir este libro me ha enriquecido, y me ha transformado al tiempo que iba retocando los textos. Además he conseguido combinar mis tres pasiones: la escritura, la pesca, y la fotografía. En el interior del libro he apostado por incluir imágenes en blanco y negro, porque proporcionan claridad en las formas, profundidad de carácter y acción sin tiempo. Una apuesta arriesgada pero para mí distintiva. En definitiva, este libro ha sido una experiencia vital que complementa mi pasión por la pesca y sus peces, y que me adentra en nuevos hábitos, fetiches y otros recursos para atraer a las musas del río.
Entrar, comprar y leerlo. Luego ya me contaréis..
El libro lo podéis adquirir en papel o como eBook. Os adjunto el enlace:




miércoles, 16 de septiembre de 2015

Alto Tajo 2015: la teoría de la relatividad

Este Septiembre he vuelto a mi querido Alto Tajo. Repetí el tramo de Buenafuente del Sistal, para comparar, de un año a otro, el deceso o incremento de su población truchera. Este río nunca facilita las investigaciones en caliente así que uno se lo tiene que trabajar. Puede que un día no veas una sola fario en sus aguas y que al día siguiente, el río recupere sus credenciales. Sin embargo me basta con pasear sus orillas, observar sus fondos canosos, de un color marrón caolín, y fijarme en sus insectos, para hacerme una idea de hasta dónde podría llegar una jornada de pesca. 


El día prometía. Sol con alternancia de nubes, buena temperatura, y soledad en el río. Las cortas pero intensas lluvias de final de verano habían limpiado las colmatadas orillas e incrementado el mínimo flujo de agua estival. Este agua, fría pero saludable, como me tienen acostumbrado todos los ríos calcáreos que nacen en la sierra de Albarracín, genera eclosiones magníficas y variadas desde mediados de la primavera y sobre todo al inicio del otoño. Durante el paseo no había visto volar gran cosa que pudiera asegurarme el éxito: alguna oliva por ahí, pocos tricópteros danzando en los chorros, y muchos saltamontes y hormigas cercanos a la orilla, afanados en alimentarse antes de los fríos otoñales. Y con estas sensaciones me puse mis abalorios de pesca, monté la caña de bambú, y sin almorzar, a la caída de la tarde, bajé al "Puntal del Pié Labro", un cortante de roca que complica la continuidad de las veredas.  Una vez allí me elevé a zonas altas, rocas y troncos bien camuflados, que me diera ventaja para localizar sublimes cebadas aisladas, o para encontrar los movimientos rutinarios de las grandes farios en sus pozas. 


Poco o nada de ello se dio en los primeros cientos de metros. El Tajo es río incitante que aquí se ciñe o  a una canalona tumultuosa no más ancha de ocho metros, o allá se explaya en una vadera que uno no es capaz de franquear vadeando sin antes no haberse hundido en un par de metros de profundidad. Es río, pues, de muchas y muy variadas posibilidades, pero respetable. Hay corrientes vivas y cadenciosas, fácilmente dominables con una caña corta, alterna, pudiéndose llegar a raseras cantarinas, a raudales de aguas delgadas y a tablas profundas. 


En ello estaba, cuando alcancé el "Pozo de la Corbetera", con sus aguas transparentes y de color turquesa. Como siempre, y desde una atalaya de roca caliza que a modo de deslizadero se introduce en el río, pude divisar varias truchas alimentándose a media agua, poco selectivas a lo que bajase por el río. Y liderando la caravana, un metro por debajo de ellas, se encontraba la reina de la poza. Una hermosa fario que se movía al son de la corriente,  abriendo sus fauces a las ninfas esporádicas que bajaban por los canales de alimentación. Una vez se desplazaba a la derecha, otra a la izquierda. Luego se hacía poco visible, al alcanzar una sombra de la orilla o buscando las profundidades, y al rato aparecía un metro más atrás para tragar alguna ninfa apetitosa perdida en la corriente. Media vuelta y de nuevo se adelantaba a su posición. Deseaba sacar esa trucha, y para ello, puse todo mi empeño y sapiencia a ese menester. Primero analicé su comportamiento y observé el orden acompasado en la sucesión de movimientos.  Me deleitaba verla alimentarse. ¡Cuánto se aprende observando! Su aleta caudal seguía un ritmo de samba, mientras las aletas dorsal y anal se cimbreaban a un ritmo de Cha-Cha-Cha. Era el único invitado a este concierto, y quería disfrutar del momento.


Entre unas cosas y otras, había transcurrido más de una hora, y todavía no había elegido ni la posición para lanzar, ni la imitación a poner. Me repuse del encantamiento y pensé, pensé y pensé. Estaba claro que debería utilizar una ninfa, aunque la experiencia me dice que cualquier pez no hace ascos a una hormiga alada bien presentada en la corriente. Esta vez iría a lo seguro. Escudriñé la caja de moscas en busca de la ninfa más conveniente para esta situación. Elegí una oliva pesada con cabeza dorada, en un #16. Una vez elegida y anudada al bajo, resbalé por la roca hasta entrar en el río y situarme en la corriente lateral aledaña a la poza, algo menos profunda, justo por detrás de mi objetivo. Aunque el lance debía ser el correcto para ajustarme al canal de agua elegido y alcanzar la profundidad de la trucha, tenía dudas de cómo  detectar el toque de la fario cuando comiera mi imitación, puesto que pescaba río arriba y unas veces la veía al desplazarse y otras no. Miré el reloj, y había pasado otra media hora. Como un reloj de cuco, los pájaros me advertían del trascurso del tiempo. Debía, pues, darme prisa para evitar que la trucha dejase de comer. Me situé en la postura e hice mi primer lance, sólo hilo y un resquicio de cola de rata. Adelantándome al movimiento del aparejo hundido, mantenía la línea en tensión para asegurar la clavada, y en el segundo lance, capturé mi primera trucha. Una decente fario del Tajo, pero no la grande de mis sueños. Desenganché la trucha sin sacarla del agua, y volví a lanzar la ninfa esta vez entre la corriente y el parado, como un par de metros más arriba de la última posición donde la había visto. Tuve un toque que prometía…y lo volví a intentar, con la misma varada, en el mismo lugar. Un nuevo toque, y esta vez sí, clavada. Otra trucha hermosa y peleona, que alertó a mi principal objetivo: la reina del pozo.  


Indeciso me paré de nuevo a observar la postura, dejando descansar el río durante un rato. Como en una partida de ajedrez, las truchas “peones” se sacrificaban para que la reina no recibiera el jaque mate deseado. Volví a ver ninfear a la pintona, así que decidí no cambiar de táctica. Además esta me había dado muy buenos resultados: dos truchas en cuatro lances. El único cambio sería en el peso de la ninfa. Decidí poner una imitación mucho más pesada y con un par de vueltas de pavo real de bufanda, un extra de atracción para las truchas resabiadas y difíciles. Dos horas llevaba en la misma poza y con la misma trucha. Esta vez me lo decía la posición del sol.


Lancé con dificultad la nueva ninfa y vi como se hundía rápidamente hasta enganchar en los salientes de una roca. Con un par de tirones se soltó. ¿Quizá demasiado peso? Lancé una segunda vez, y percibí que la trucha reculaba y se movía en la dirección correcta hacia mi engaño. Pero en el último minuto, un extraño dragado, la alejó para volver a su posición original. Creo que se alertó al haberse dado cuenta de mi presencia. Dicen que a la tercera va la vencida, y así fue. Al lanzar el hilo con premura, para que no se lo pensase dos veces, sólo necesité ver el blanco de su boca al abrirse para tragar algo y notar un ligero tirón, para asestar una clavada final. La lucha fue menos dura de lo que pensaba, en la poza no podía correr y las cabezadas y tirones al fondo eran suavemente compensadas por las elásticas fibras del bambú. Una vez en mi salabre, y sin sacarla del agua, la devolví  a su medio. Yo creo que no se lo esperaba, y en vez de nadar y buscar cobijo, se quedo a un metro de mí, observándome mientras lentamente, cual submarino, se hundía en lo más profundo de la poza.



Desde el avistamiento de la pintona hasta su captura, devolución, y merecidos minutos posteriores de disfrute, habían pasado cerca de tres horas, las cuales me habían parecido un suspiro. La concentración nos aísla, y si aplicamos la teoría de la relatividad a las dimensiones de la pesca a mosca, podríamos decir que cuanto mayor es la fuerza gravitacional de atracción experimentada por un cuerpo, en este caso la trucha de nuestros sueños, más lento discurre el tiempo para el sujeto, en este caso el pescador. En mi caso no es así, y con paradigmas podría demostrar que aunque todo es relativo, el tiempo corre más rápido para mí que para la trucha o para el observador externo, ajeno a mi compañía, que ve a un hombre solitario, durante tres horas, sin moverse del mismo sitio. Si Einstein levantara la cabeza, seguro que corroboraría mi teoría, y a cambio, yo le convencería para que se  hiciera pescador de mosca.


jueves, 26 de marzo de 2015

No es país para viejos: la “Pheasant Tail”

    Una de las cosas que más me sorprende de nuestro vieja piel de toro, es el afán que tenemos todos los españoles de estar a la última, de ser los más modernos y aparentar, despreciando el pasado más cercano. Nos ocurre con los coches, con el móvil, con las casas e incluso con el vino. No tenemos término medio. Pasamos del blanco al negro, olvidando que entre ambos hay muchos tonos de grises. Y pensamos que lo antiguo es obsoleto y de peor calidad, quizás algo inútil para los tiempos que vivimos.


    Esta misma sensación la tengo en lo últimos tiempos con la pesca a ninfa, y en especial, con la tan manoseada pesca al hilo con perdigón. Parece que las demás técnicas son poco eficaces, y  han llegado a desaparecer del repertorio de muchos pescadores a mosca. Lo podéis corroborar a lo largo de esta próxima temporada: habrá pocos mosqueros en el río, y menos entre los pescadores recién llegados, que pesque con ninfas tradicionales. La floreada primavera pasada, tentando el tramo libre sin muerte del río Gallo, encontré a dos pescadores penitentes afanados en desenganchar de las múltiples  ovas del río, un par de perdigones que estaban atados a un hilo del 8X. Les ayudé a solucionar el problema mientras hilaba la hebra con lo bien que bajaba el río, con las pesca a pez visto, con lo difícil que es pescar entre ranúnculos,…, cuando una fario se cebó a emergentes varios metros más arriba. Les animé a cambiar de mosca y a probar suerte. Cuál fue mi desazón cuando uno de ellos me dijo que sólo llevaban nylon, que la segunda caña preparada la habían dejado en el coche por no cargar con ella todo el día, y dicho y hecho, se acercó a hurtadillas y lanzó de nuevo el perdigón oliva, rompiendo la postura de la trucha y volviendo a enredar en las ocas del fondo. Incrédulo, les desee suerte y continué con mi ninfa de poco peso sacando truchas a ceba vista ¿Queréis otra muestra? Desde que di de alta mi página “facebook” me he visto invadido por miles de duchos montadores al uso o por noveles y jóvenes iniciados en el menester de mezclar hilo, pluma y anzuelo. Es sumamente enriquecedor, sobre todo cuando veo que comparten mi misma pasión por la creación de imitaciones de insectos del río. De ellos, el 30% han creado secas o emergentes en general, y del resto, el 80% solo crea o inventa perdigones. Debe ser un afán por emular a las estrellas de la competición en la pesca a mosca, aunque no puedo negar la efectividad de estos engaños a la hora de sacar del fondo a las aletargadas truchas de nuestros ríos, sobre todo cuando no hay eclosiones visibles.

Primera versión de ninfa "Pheasant Tail"
    En mi caso y desde hace muchos años, la falta de eclosiones la suplo con una ninfa PT hecha sólo con cola de faisán e hilo de cobre. Puedo cambiar los tonos, y alguna vez añado una bola dorada para profundizar más rápidamente en los rabiones, pero suele ser la excepción. ¡Cuántas veces me han preguntado desde la orilla del río lo que  llevaba atado en mi puntal, mientras sacaba alguna que otra trucha más que la mayoría! Y cuando les decía que una “Pheasant Tail” o PT, me miraban con incredulidad. Esta mosca me ha dado el mayor número de satisfacciones (si exceptuamos a la Adams Parachute en seca) cuando la pesco como ninfa o como emergente, a cualquier profundidad, y en cualquier mes de la temporada. Y sobre todo, es mortal a trucha vista.  Es el engaño perfecto: delicado, fino, suave al tacto y de un color que abunda en todas nuestras masas de agua. Su creador,  Frank Sawyer, afirmaba que la pesca a ninfa a trucha vista era la manera más fascinante de todos los clases de pesca. Y que incluso durante los duros calores del verano, cuando el sol  está alto y el nivel de agua es bajo, y cuando se reúnen  las mejores condiciones para ver un pez en sus posturas, afirmaba que este tipo de pesca era el más difícil arte de pesca a mosca. Sawyer estudió los hábitos de las truchas del Test y del Avon, en Inglaterra, y en sus limpias y cristalinas aguas observaba los comportamientos de las ninfas antes de eclosionar, tomando nota de  su alto contraste con respecto al entorno, y sobre todo de su inerte falta de movimiento al dejarse arrastrar por la corriente. Estas observaciones rompía moldes y contradecía todo lo descrito con anterioridad, y para demostrarlo, creó la imitación “Pheasant Tail”, basada en su favorita mosca seca: la “Pheasant Tail Red Spinner”. La artificial era pescada o en el fondo, imitando las ninfas todavía sin eclosionar que se desplazan por la corriente en el río con sus patas pegadas al cuerpo y con un pronunciado saco alar, o en la misma superficie, cuando una eclosión ya estaba ocurriendo. Sawyer quería una imitación que fuera transluciente a la luz y que además diera halos de brillo para simular el efecto del aire en el interior de una exuvia de mosca a punto de emerger. Eso lo consiguió con los materiales disponibles entonces: fibras de faisán e hilo de cobre.

Ninfas: Bocetos de Sawyer

Ninfas de Sawyer válidas para cualquier río calcáreo de la península
    En sus memorias dice que tardó más de seis meses en conseguir el diseño idóneo para engañar a las truchas. Si pensamos que era el guarda del río Avon y que pescaba todos los días del año, es un tiempo más que suficiente para asegurar la efectividad de la PT. Y  afirmaba que esta imitación se debía lanzar con tanta suavidad y delicadeza como si fuera una seca, siendo la clave para el éxito la forma, el color y el tamaño.

Mis variaciones sobre la PT o ninfa hecha con cola de faisán
    Quizá los pescadores que nos hemos formado en el difícil arte de engañar una trucha en los ríos calcáreos de la meseta, ya sea Tajo, Gallo, Cabriel, Ucero o Avion, apreciemos lo que una ninfa como la “Pheasant Tail” puede hacer. A media profundidad yo he visto peces moverse hasta cuatro metros para tomar una imitación montada en un #16. Pescada en tandem, una oliva en seca como señalizador en un #16 junto a una ninfa en un #18, hace estragos en esas truchas recelosas que saben y han visto de todo. Usando un “furled leader” con punta en identificador de picada, y con 60cm de fluorocarbono, registro las tablas y parados de muchos  super-famosos ríos leoneses, tentando una y otra vez a las truchas que recorren erráticamente  los fondos, y dándome la mayoría de las veces, magníficas capturas. Y como ocurría hace 80 años, la clave está en la forma, el color y en el tamaño.
Mi caja de ninfas sin perdigones...diferentes formas, tamaños y colores.

Furled leader con identificador de picada + 60cm de fluorocarbono + ninfa PT
    Yo las monto tradicionales al estilo Sawyer, en anzuelo recto y con hilo de cobre fino; al estilo emergente, con anzuelo curvo y con saco alar brillante; pesadas con cabeza dorada o cobriza para darlas más peso; con patas de faisán o con perdiz; pero ninguna es más elegante, lisa y fácil de penetrar en la superficie del agua, que la original hecha con hilo de cobre. Cualquiera de ellas me ha dado buenos resultados, aunque yo soy de los que consideran que lo menos complejo en el torno de montaje, respetando las reglas de proporción y atracción de la trucha, es lo más eficaz para engañarla. Las hago en anzuelos desde un #14 hasta un #20, utilizando todos los tamaños y formas según avanza la temporada. La manera de montarlas las podéis encontrar en cualquier libro o página web, y la imaginación para innovarla no tiene límites.

Mi montaje favorito
    Hay un libro llamado “Fly-Fishing the Montana Spring Creeks”, de John Mingo que me fascinó por las técnicas simples pero eficaces que utiliza para engañar a truchas de 2 kilos o más en ríos calcáreos americanos. Con un equipo básico, Winston IM6, línea del #4 y más de diez variantes de la “Pheasant Tail”, este viejo guía americano es capaz de solucionar cualquier eclosión que se le presente en el río. No tiene trucos ni complicaciones: lo tradicional, mil veces probado, es lo que vale una vez más.

    Dicho todo esto, no estoy en contra de los perdigones. Es más, llevo una caja en mi morral con cinco o seis variantes para ser usada en cualquier momento, y he de reconocer que me han dado recompensa cuando nada más parecía funcionar en el río. Sin embargo, creo que aquellos noveles que se incorporen a este maravilloso mundo de la pesca a mosca deberían tener otras opciones en su arsenal, y debemos enseñarles que no por ser modelos antiquísimos (la “Pheasant Tail” tiene casi 100 años) tienen algo que desmerecer para tentar a nuestras queridas pintonas. Y para los más caducos mosqueros y competidores, breados en mil y una batallas, recordarles que hay que volver a leer a los clásicos pescadores de ninfa para que vean que no sólo de perdigones vive el hombre, y que este sí “es un país para viejos”.